México y la ilusión del “grupo accesible”
El sorteo del Mundial 2026 volvió a esconder el verdadero problema de la Selección Mexicana
8 Dic 2025
Suspiramos aliviados cuando el azar vuelve a acomodarse a nuestro favor.
Vemos el sorteo como quien espera una señal capaz de justificar la esperanza que lleva años intentando defender. Mientras los deportistas invitados para asistir en el sorteo meten la mano a los bombos, revuelven los balones miniatura y leen uno a uno los nombres de cada selección hasta completar los grupos, nosotros esperamos que la suerte sea razón suficiente para volver a creer.
El Mundial 2026 todavía no empieza, pero en México ya encontramos, como en cada ciclo mundialista, una forma de sentirnos mejores sin haber demostrado nada en la cancha. Sudáfrica en el partido inaugural, Corea del Sur en la segunda fecha y un rival europeo para cerrar la fase de grupos.
Bastaron unos cuantos nombres proyectados sobre una pantalla para que reapareciera la frase que el fútbol mexicano lleva décadas usando como refugio emocional: “grupo accesible”.
Y, en esa frase, una vez más, México comenzó a explicarse el futuro sin haber entendido su presente.
La necesidad de sentirnos favoritos
El concepto de “grupo accesible” no describe una realidad deportiva. Construye una necesidad emocional.
Habla menos del rival que de nosotros mismos. De la necesidad de sentir que México todavía pertenece al grupo de selecciones que el fútbol internacional hace tiempo dejó de esperar para protagonizar.
Cada cuatro años repetimos el mismo ritual. Aparece el sorteo, comienzan las lecturas improvisadas, las interpretaciones optimistas y la conversación se llena de entusiasmo automático.
Poco importan el estado real de la Selección Mexicana, la falta de certezas futbolísticas, los procesos interrumpidos, la ausencia de una identidad reconocible o los resultados recientes que invitan a la cautela. Lo verdaderamente importante es encontrar algo que permita pensar que el camino parece menos complicado de lo esperado.
El problema es que el fútbol no funciona como un acto de fe colectiva.
Tú y yo lo sabemos, aunque muchas veces prefiramos ignorarlo. El sorteo no juega. No mete goles. No entrega funcionamiento, identidad ni mentalidad. Tampoco repara años de decisiones equivocadas dentro del fútbol mexicano. Solo distribuye rivales y organiza enfrentamientos que después deberán resolverse en la cancha.
Aun así, lo que el “grupo accesible” sí produce es algo mucho más útil para el entorno de la selección: tranquilidad. Permite instalar la sensación de que México todavía está un escalón arriba de las selecciones que integran el Grupo A.
Nuestro optimismo ya no nace del presente, sino de la costumbre de reiniciar expectativas. Necesitamos creer que esta vez será distinta incluso cuando casi nada cambia de fondo. Por eso el “grupo accesible” produce tanto alivio, porque permite interpretar la aparente debilidad del rival como una señal equivocada de fortaleza propia.
El país que reinicia sus expectativas
Existe algo profundamente cultural en la manera en que México vive los Mundiales. Cada ciclo parece ofrecernos la posibilidad de reiniciar la historia desde cero, como si el pasado pudiera suspenderse temporalmente cada vez que rueda el balón.
Nos comportamos como una afición atrapada entre la nostalgia y la negación. Seguimos hablando de la selección desde la memoria de lo que creíamos ser y no desde la evidencia de lo que realmente somos.
México cambia entrenadores, modifica sistemas, ajusta convocatorias y reorganiza procesos con una facilidad que delata desesperación más que evolución.
Todo parece provisional, calculado para llegar al siguiente ciclo sin que nada termine de romperse. Mientras otras selecciones dedican años a consolidar una idea reconocible, el Tri continúa improvisando versiones temporales de sí mismo.
Se repite que México siempre compite, que responde contra selecciones superiores en escenarios grandes y que suele volverse más peligroso cuando nadie lo considera favorito. Frases que, confrontadas con la evidencia de los últimos años, se parecen cada vez más a un mecanismo de consuelo que a una descripción futbolística.
Por eso el grupo resulta secundario. Un equipo sólido interpreta cualquier escenario como una oportunidad. Un equipo frágil interpreta cualquier sorteo como amenaza o alivio. México lleva demasiado tiempo viviendo entre ambas emociones, y esa oscilación permanente es más reveladora que cualquier resultado aislado.
Llamar accesible a un grupo implica asumir superioridad, y la superioridad exige demostrarse. México hace tiempo dejó de estar en posición de hacerlo.
Celebramos no haber caído en el “grupo de la muerte” y olvidamos que, para un equipo que no encuentra una identidad futbolística reconocible, cualquier grupo puede ser mortal.
Y esa fragilidad futbolística termina produciendo la necesidad permanente de fabricar optimismo en lugar de funcionamiento.
El rival que siempre aparece
El verdadero problema del fútbol mexicano nunca ha estado exclusivamente en la cancha. Está en el modelo que priorizó estabilidad comercial sobre crecimiento competitivo. Está en la obsesión por proteger la marca incluso cuando el nivel futbolístico comienza a deteriorarse. Está en la comodidad de clasificar constantemente dentro de una región que pocas veces obliga a evolucionar.
El “grupo accesible” funciona precisamente porque desplaza la conversación. Permite hablar de probabilidades en lugar de capacidades. De rivales en lugar de funcionamiento. De escenarios favorables en lugar de preguntas incómodas.
Y, aun así, la cancha siempre termina destruyendo esas ilusiones.
Ahí desaparecen los sorteos benevolentes, las lecturas optimistas y las explicaciones construidas desde la esperanza. Ahí reaparece lo único que realmente importa en un Mundial: el nivel futbolístico que un equipo es capaz de mostrar.
Esa diferencia explica por qué el país celebra “grupos accesibles” con tanto entusiasmo. Porque cuando no existen certezas reales, cualquier señal de aparente ventaja termina funcionando como alivio emocional.
En millones de salas, comedores, restaurantes y oficinas dispersas por el país ocurrió algo que se pareció mucho al alivio, esa forma breve y traicionera de la esperanza que llega cuando todavía no hemos resuelto nada, pero por un instante decidimos comportarnos como si sí.
La pantalla mostró el Grupo A completo y, por primera vez en mucho tiempo, México respiró como lo hacen los cuerpos que creen haber esquivado una amenaza invisible. Se aflojaron hombros. Se abrió el pecho. Corrió ese suspiro colectivo que este país conoce demasiado bien como parte de esa vieja coreografía de la amnesia voluntaria.
Sudáfrica en el partido inaugural. Corea del Sur en la segunda jornada. Un rival europeo surgido del repechaje para cerrar la fase de grupos. Y de pronto el sorteo dejó de ser una distribución de nombres para convertirse en una coartada emocional.
Los nombres aparecían sobre el gráfico oficial y, casi de inmediato, llegaron las sonrisas, los diagnósticos exprés, la euforia moderada de los programas deportivos, esa liturgia nacional de hablar del porvenir como si el azar pudiera hacer el trabajo que la cancha viene posponiendo desde hace años.
Un refugio seguro donde acomodar nuestras gastadas esperanzas sin exigir la honestidad de un examen de conciencia futbolística.
Alguien dijo que el camino estaba despejado. Otro recordó que pudo ser peor. Y, entre frase y frase, México volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cada Mundial: maquillarse frente al espejo.
Porque ahí estaba la belleza del instante, sí, pero también su pecado. El alivio era real. La ilusión también. Solo que el problema seguía esperándonos en el mismo sitio de siempre: en casa, vestido de verde, hablándonos del futuro con la voz temblorosa de un presente que todavía no entiende.
¿De verdad el problema de México está en los rivales que le tocaron en el sorteo?
Tal vez el fútbol mexicano lleva demasiado tiempo observando hacia afuera para evitar mirar lo que ocurre adentro. Resulta más cómodo discutir bombos, calendarios y probabilidades que aceptar la fragilidad futbolística de una selección que todavía no encuentra una identidad estable rumbo al Mundial que organizará en casa.
Porque al final, el mayor riesgo para México nunca ha sido compartir grupo con una potencia mundial. El verdadero peligro siempre aparece cuando la ilusión termina y el equipo finalmente tiene que demostrar en la cancha lo que realmente es.
Por eso seguimos abrazando la idea del “grupo accesible”, aunque el fútbol mexicano lleve demasiado tiempo demostrando que su rival más peligroso sigue siendo él mismo.