La FIFA y el fútbol sentado en la banca
El sorteo del Mundial 2026 dejó al fútbol detrás de su propio show
5 Dic 2025
Esperamos pacientemente durante una hora y media interminable para descubrir que el fútbol apenas era el pretexto.
El sorteo del Mundial 2026 avanzó entre discursos institucionales, homenajes, intervenciones musicales, mensajes cuidadosamente preparados y cámaras obsesionadas con capturar cada reacción del escenario. Mientras Gianni Infantino y Donald Trump ocupaban el centro de la transmisión, el fútbol parecía desplazarse lentamente hacia la parte trasera del auditorio.
Hasta que, en algún momento entre luces, patrocinadores y celebridades, alguien metió la mano a un bombo, extrajo un balón miniatura, lo abrió, desplegó una tira de papel y leyó en voz alta el nombre de una selección nacional. Solo entonces recordamos, casi accidentalmente, que el sorteo de la Copa del Mundo todavía era, al menos en teoría, un evento deportivo.
El fútbol apareció en ese instante como un invitado tardío dentro de su propia ceremonia.
Y mientras el espectáculo seguía avanzando, el verdadero protagonista del Mundial permanecía sentado en la banca esperando el momento para entrar a jugar.
Cuando el fútbol era suficiente
El sorteo del Mundial alguna vez fue un acto estrictamente futbolístico, casi íntimo. Un procedimiento sencillo para definir grupos, rutas y posibles enfrentamientos. Bombos transparentes, representantes de las federaciones, entrenadores de las selecciones observando atentos y un maestro de ceremonias que entendía que el auténtico protagonista era el azar.
Había cierta sobriedad en aquellos eventos. El fútbol organizaba su torneo más importante con la tranquilidad de quien sabía que no necesitaba adornarse demasiado y que el propio fútbol bastaba para capturar la atención del mundo. Lo verdaderamente trascendental ocurriría después, cuando el balón comenzara a rodar.
Algo cambió con el paso de los años. No ocurrió de golpe ni mediante una decisión aislada. Ocurrió lentamente, casi imperceptiblemente, de la misma manera en que cambian las grandes industrias cuando descubren que cada segundo de atención puede monetizarse.
Desde esa perspectiva, el sorteo representa una oportunidad demasiado valiosa para limitarse a ser funcional. La FIFA entendió que el Mundial ya no es únicamente un torneo de fútbol; es uno de los productos culturales más poderosos del planeta. Y los productos globales necesitan espectáculo permanente.
Eso explica por qué cada detalle parece cuidadosamente diseñado. Las cámaras buscan reacciones antes que reflexiones. Las transmisiones privilegian emociones instantáneas sobre discusión futbolística. Los países aparecen proyectados como marcas audiovisuales mientras las federaciones operan como corporaciones obsesionadas con alcance, posicionamiento y permanencia mediática.
El sorteo dejó de sentirse como una antesala del Mundial y comenzó a parecer un programa global de entretenimiento inspirado en el fútbol.
La FIFA y el control global
El Mundial nunca ha sido únicamente deporte. Siempre existieron intereses políticos, económicos y culturales orbitando alrededor del torneo. Pero el crecimiento comercial de la FIFA terminó modificando incluso la manera en que el fútbol presenta sus momentos más simples.
Hoy cada ceremonia parece diseñada para recordarnos quién controla el escenario.
El sorteo ya no comunica solamente grupos, sedes y posibles cruces eliminatorios. Comunica poder institucional. Expone alianzas comerciales. Activa mercados. Refuerza relaciones diplomáticas. Proyecta influencia global. Presenta al fútbol como una plataforma donde gobiernos, dirigentes y patrocinadores conviven bajo la misma escena cuidadosamente producida.
Nada parece espontáneo. Y, quizá más importante que todo lo demás, casi nada parece futbolístico.
Mientras las selecciones esperan conocer su destino, la FIFA aprovecha el escenario para reforzar la dimensión política y corporativa del torneo. Los videos promocionales muestran ciudades perfectas. Las transmisiones hablan de unidad global. Las ceremonias venden inclusión, diversidad y modernidad como si el fútbol pudiera resumir armónicamente un planeta lleno de conflictos, desigualdades y disputas de poder.
La ceremonia intenta proyectar una armonía global que el propio mundo real se encarga de desmentir todos los días.
Y, aun así, el balón sigue ahí, reducido a símbolo decorativo dentro de un espectáculo mucho más interesado en administrar percepciones que en preservar la esencia deportiva del torneo.
El deporte que aprendió a actuar
Existe algo extraño en observar cómo el deporte más popular del planeta necesita producir ceremonias gigantescas para justificar emocionalmente procedimientos que antes eran simples.
Porque el fútbol nunca necesitó demasiados adornos para importar. Bastaba un balón rodando. Bastaba una cancha con dos porterías. Bastaba el propio fútbol.
Tú y yo no esperábamos una producción de Broadway. Tampoco una ceremonia donde la FIFA entregara un premio de la paz. Esperábamos algo mucho más simple: que el azar revelara el destino de México y nada más. Celebrar que nos tocó un “grupo accesible” o lamentarnos por haber caído en el “grupo de la muerte”.
Porque el fútbol, cuando realmente importa, no necesita ayuda para capturar atención.
Pero el fútbol global contemporáneo —o, más preciso, quienes lo administran— parece haber desarrollado miedo al silencio.
Cada pausa necesita música. Cada anuncio necesita dramatización. Cada instante necesita transformarse en clip, tendencia o conversación digital. Como si el deporte hubiera dejado de confiar plenamente en su propia capacidad para emocionar sin estímulos adicionales.
Mientras tanto, el verdadero fútbol —el de los jugadores, los entrenadores y nosotros los aficionados— queda relegado a la banca, desplazado por una industria obsesionada con producir expectativa permanente alrededor de cualquier instante relacionado con el Mundial.
Tal vez por eso el sorteo genera tanta conversación incluso cuando todavía faltan meses para el primer partido. Porque el fútbol moderno aprendió a comercializar la espera antes que el juego mismo.
El fútbol pareció observarse a sí mismo desde afuera, como si por un instante hubiera abandonado su propio cuerpo y hubiera ido a sentarse hasta la última fila del John F. Kennedy Center, en Washington D.C., para contemplar en silencio la ceremonia montada en su nombre.
La noche avanzaba con disciplina de teatro imperial. Haces de luz barriendo el escenario, cámaras cazando rostros famosos, patrocinadores incrustados en cada rincón visible. Los conductores administraban la tensión y prolongaban la expectativa con esa paciencia artificial de quien sabe que, en la industria del espectáculo, incluso la espera debe producir rendimiento.
Sobre el escenario, leyendas del deporte estadounidense —Tom Brady, Aaron Judge, Shaquille O'Neal y Wayne Gretzky— aguardaban con la solemnidad de padrinos improvisados, aunque prestados de deportes ajenos. Ninguno había tocado un balón de fútbol en su vida, pero ahí estaban, convocados para decidir el camino de 48 selecciones que no les pertenecían.
Abajo, entrenadores, dirigentes y delegados, relegados a las butacas, permanecían expectantes y aguardaban con cortesía tiesa mientras la ceremonia avanzaba entre discursos cuidadosamente ensayados, aplausos forzados y sonrisas impecables.
Y entonces, por fin, llegó el gesto mínimo.
Una mano introducida al bombo transparente. Un balón miniatura removido entre otros. El chasquido leve de una esfera al abrirse. Una tira de papel desplegada frente al mundo. Y un nombre. México, Estados Unidos, Canadá, España, Argentina, Francia Brasil.
En ese instante, todo lo demás se desvanecía.
Los nombres devolvían al fútbol su centro de gravedad, recordándonos por qué millones de ojos estaban fijos en aquella transmisión.
Ahí vive la contradicción: el deporte más popular del planeta nació de la simpleza de un balón y un espacio abierto, pero su imperio moderno parece temerle cada vez más a esa desnudez.
¿Qué revela la FIFA al preferir que el sorteo del Mundial parezca un espectáculo político y mediático antes que un acto futbolístico?
La Copa del Mundo es el evento deportivo más seguido del planeta, y una magnitud así termina revelando inevitablemente la manera en que quienes administran el fútbol entienden su poder.
El azar todavía decidirá los grupos. Los partidos todavía se jugarán. Y cuando el balón finalmente ruede en el partido inaugural el 11 de junio en el Estadio Banorte frente a Sudáfrica, buena parte de lo ocurrido durante el sorteo desaparecerá con rapidez.
Porque la cancha no recuerda las luces, los discursos ni los aplausos ensayados. La cancha solo recuerda lo que sucede dentro de las líneas de cal y entre los postes.
Y quizá ahí sobreviva todavía el único momento del fútbol que la FIFA nunca podrá producir.