Eury Pérez a seis outs de la historia
Los Marlins retiraron a su abridor tras siete entradas perfectas y expusieron el cambio que vive el baseball moderno
6 Jul 2026
Aprendemos a reconocer que algunas oportunidades merecen un cuidado distinto porque intuimos que jamás volverán a presentarse.
La mayoría admite una segunda cita; otras llegan una sola vez y exigen una decisión mientras todavía están ocurriendo. Su verdadera dimensión casi siempre se comprende después, cuando el tiempo ya no permite regresar a ellas.
El baseball conoce bien esa incertidumbre.
Ningún lanzador puede programar un juego perfecto. Tampoco existe una estrategia capaz de garantizar el partido exacto en que veintisiete bateadores quedarán reducidos a veintisiete outs. Por eso, cuando esa posibilidad se presenta, el juego entero parece contener la respiración.
Eury Pérez había retirado a los primeros veintiún bateadores que enfrentó contra los Athletics. La perfección seguía intacta. Apenas seis outs separaban al derecho dominicano del primer juego perfecto en la historia de los Miami Marlins cuando Clayton McCullough decidió retirarlo, fiel al plan que la organización había diseñado antes del partido.
Aquella tarde dejó algo más que una victoria para Miami. También expuso lo que sucede cuando un deporte aprende a cuidar el futuro sin comprender cuánto puede sacrificar del presente para conseguirlo.
La perfección estaba ocurriendo
El baseball ha construido su historia a partir de muchas formas de grandeza.
Algunas sólo pueden medirse después de una carrera completa, otras exigen una temporada extraordinaria y unas cuantas apenas el tiempo que tarda una tarde en consumirse.
Hay bateadores que superan los setenta cuadrangulares en una temporada, lanzadores que alcanzan los tres mil ponches a lo largo de una carrera y peloteros capaces de impulsar doce carreras en un solo partido. Sin embargo, existe una hazaña que ocupa un lugar distinto porque sólo admite una oportunidad y un sólo desenlace posible: la perfección.
Un juego perfecto exige retirar a veintisiete bateadores consecutivos sin permitir un solo hit, una base por bolas, un pelotazo o un error defensivo. Basta un lanzamiento que se queda demasiado alto, un batazo que encuentra el único espacio libre del cuadro o una jugada que llega una fracción de segundo tarde para que esa posibilidad desaparezca para siempre.
Y, contra toda probabilidad, esa oportunidad seguía viva en Sacramento.
Eury Pérez había enfrentado a veintiún bateadores y había retirado a veintiuno. Siete entradas. Cero hits. Cero bases por bolas. Cero corredores en circulación. Ocho ponches. Noventa y dos lanzamientos. La perfección seguía intacta.
El partido había cruzado ese umbral donde deja de pertenecer únicamente a quienes lo disputan. Cada lanzamiento adquiría un significado distinto. Cada out hacía más frágil la perfección y acercaba al baseball a una de esas tardes que sobreviven al paso del tiempo.
Los veintiún outs registrados hasta ese momento ya no describían únicamente una actuación dominante; mantenían viva la posibilidad de presenciar una de las pocas hazañas que el baseball nunca puede fabricar. Sólo puede reconocer cuando ocurren.
Cuando el futuro derrotó al presente
Clayton McCullough comprendía perfectamente lo que estaba ocurriendo sobre el montículo.
Desde el dugout, observó a un lanzador que había retirado a los veintiún bateadores que enfrentó y estaba a seis outs del primer juego perfecto en la historia de los Marlins. También entendía que una tarde como aquélla nunca regresa.
Después del partido, el propio manager confesó el conflicto que vivía antes de tomar la decisión:
“Una parte de mi corazón quería darle la oportunidad de seguir, pero tengo que pensar en Eury, en nuestra organización, en el equipo y en lo que es mejor para el futuro si queremos seguir ganando partidos”.
La frase no describe a un manager incapaz de apreciar la magnitud del momento. Representa el cambio de prioridades de un deporte que aprendió a valorar el mañana por encima de cualquier hazaña.
La decisión tenía argumentos razonables. Eury regresaba de una cirugía Tommy John, apenas disputaba su tercera apertura tras volver de la lista de lesionados y el plan contemplaba un límite cercano a los noventa lanzamientos.
La perfección no alteró ese protocolo. Cuando terminó la séptima entrada, la decisión ya estaba tomada.
Y, aun así, permanece una sensación de perdida.
En casi siglo y medio de Grandes Ligas apenas se han completado veinticuatro juegos perfectos. Veinticuatro. Han sobrevivido guerras mundiales, expansiones, paros laborales y polémicas. Sólo veinticuatro veces un lanzador retiró a los veintisiete bateadores que enfrentó. Por eso una oportunidad así también pone a prueba el criterio de quien decide cuándo termina.
Tú y yo probablemente habríamos priorizado el corazón por encima de la razón y elegido seis outs más antes que cualquier cálculo. Porque hay ocasiones en las que el deporte deja de pertenecer a los calendarios, a las proyecciones y a las probabilidades. Hay tardes que piden algo distinto.
Durante décadas, los managers buscaban que los partidos alcanzaran la historia. Hoy administran la historia para proteger los partidos que todavía no se juegan.
Esa fue la verdadera decisión de Clayton McCullough. No eligió entre noventa y dos lanzamientos o cien. Eligió entre el presente y el futuro.
El futuro ganó. Y con él, una manera distinta de entender el baseball.
Lo que el baseball dejó escapar
Nadie puede afirmar que Eury Pérez habría completado un juego perfecto.
Tal vez el vigésimo segundo bateador habría conectado un sencillo, quizá la historia habría terminado con dos outs en la novena entrada. El baseball dejó escapar la posibilidad de averiguarlo.
Los momentos irrepetibles no adquieren valor porque prometan un final memorable, sino porque aceptan convivir con la incertidumbre hasta el último lanzamiento. En este partido, el desenlace dejó de pertenecer al diamante para quedar en manos de una decisión que ya había sido tomada.
El juego, sin embargo, todavía no lo sabía.
El primer lanzamiento se pierde lejos del swing. Después llega un elevado manso al jardín derecho, una recta de noventa y nueve millas que congela la esquina de adentro, un rodado inofensivo por la antesala.
Más tarde, una línea violenta atrapada en el aire, ponches consecutivos abanicando únicamente el vacío y un elevado de foul que el catcher asegura antes de que la pelota toque el suelo.
Uno tras otro, los bateadores regresan al dugout sin haber encontrado la forma de romper el hechizo.
La tarde empieza a desprenderse de la normalidad. Doce outs. Quince. Dieciocho. Veintiún bateadores. Veintiún derrotas. La perfección seguía respirando.
Durante la pausa de la octava entrada, Eury Pérez permanece inmóvil en un extremo de la banca, aislado de sus compañeros por esa superstición ancestral que prohíbe nombrar lo sagrado. La manopla descansa a un lado. La gorra, al otro. Entre ambas, un joven de veintitrés años intenta conservar intacto un instante que todavía no sabe si volverá a vivir.
Entonces Clayton McCullough cruza el dugout. Le apoya una mano sobre el hombro. No hacen falta demasiadas palabras: la octava entrada le pertenece al olvido.
Y la historia dejó de caminar hacia el montículo.
En el siguiente turno al bat, el relevista concede una base por bolas. El juego perfecto desaparece sin estruendo, casi en silencio, como se esfuman las historias que ya nadie podrá terminar de contar.
Miami conserva la victoria. Eury Pérez conserva el brazo. El baseball conserva el mañana.
Lo único que perdió fue la posibilidad de descubrir si aquella tarde estaba frente a una de esas oportunidades que terminan sobreviviendo al tiempo.