El baseball y la disputa por su futuro
MLB y MLBPA negocian el convenio colectivo que definirá el deporte a partir de 2027
28 May 2026
Crecemos creyendo que ciertas cosas siempre han sido así.
Solo después entendemos que muchas de ellas fueron decisiones tomadas mucho antes de que llegáramos. Las reglas de una institución, las costumbres de una comunidad o las tradiciones de una familia parecen permanentes mientras funcionan con normalidad. Con el tiempo descubrimos que no nacieron de forma natural. Fueron acuerdos, conflictos y concesiones que alguien resolvió antes que nosotros.
Tarde o temprano heredamos la responsabilidad de decidir qué merece permanecer, qué necesita transformarse y qué estamos dispuestos a arriesgar para construir algo mejor. Ninguna generación recibe el privilegio de empezar desde cero. Todas enfrentan el mismo dilema: conservar aquello que hizo valioso el pasado sin impedir que el futuro encuentre su propia forma de existir.
El baseball, quizá más que ningún otro deporte, también ha vivido siempre de esa clase de herencias.
Detrás de cada lanzamiento, de cada homerun y de cada temporada que comienza puntualmente cada primavera existen reglas que alguien imaginó, discutió y acordó mucho antes de que los aficionados ocupáramos las tribunas o los jugadores saltaran al diamante. Algunas sobreviven durante décadas; otras cambian cuando el deporte descubre que el mundo que les dio origen ya no es el mismo.
Cada regla termina definiendo los incentivos que moldean el equilibrio competitivo de una liga y, con él, el deporte que heredarán las siguientes generaciones.
Por eso las negociaciones que actualmente mantienen la MLB y la MLBPA trascienden el debate sobre topes salariales, agencia libre o contratos diferidos. Mientras ambas partes trabajan en el convenio colectivo que entrará en vigor en 2027, lo que realmente discuten no es únicamente la economía del baseball, sino el deporte que las próximas generaciones creerán que siempre existió.
Más que dinero y contratos
Las grandes discusiones de un deporte no comienzan hablando de aquello que realmente está en juego.
Empiezan con cifras, porcentajes, cláusulas y propuestas que durante semanas ocupan titulares y dividen opiniones. Montos que suben o bajan dependiendo de quién consiga imponer mejores condiciones.
A primera vista, las negociaciones entre la MLB y la Asociación de Jugadores parecen responder exactamente a ese patrón.
Tope y suelo salarial, agencia libre, contratos diferidos, salario mínimo o impuestos competitivos dominan la conversación pública. Sin embargo, algunas discusiones dejan de ser económicas cuando sus consecuencias alcanzan la naturaleza misma del deporte que pretenden regular.
Eso es precisamente lo que ocurre hoy en el baseball.
La liga propone sustituir el actual Impuesto de Equilibrio Competitivo por un sistema con límites salariales obligatorios, restringir la duración de los contratos de agentes libres y modificar varios de los mecanismos que regulan el mercado. Del otro lado, el sindicato defiende una agencia libre más accesible para ciertos peloteros, salarios mínimos más altos y medidas que incentiven una mayor inversión competitiva por parte de las franquicias.
Ambas posturas hablan de dinero. Pero ninguna discute únicamente dinero.
Porque las reglas nunca se limitan a repartir recursos. También distribuyen incentivos. Deciden qué comportamientos serán recompensados, qué tipo de competencia quiere construir una liga y qué equilibrio existirá entre el poder económico de las organizaciones y las oportunidades de los jugadores.
Por eso el convenio colectivo siempre ha sido la constitución del baseball y no un simple documento administrativo.
Cada cláusula aprobada o rechazada terminará influyendo en la construcción de los equipos, en la movilidad de los jugadores, en las posibilidades de los mercados pequeños y en el deporte que millones de aficionados heredarán durante las próximas décadas.
El conflicto, en realidad, no radica en determinar cuánto costará el futuro. Consiste en decidir qué forma tendrá.
La herencia de cada convenio
Las reglas más importantes de un deporte no se escriben pensando en el presente.
Los aficionados recordamos campeonatos, rivalidades, jugadores legendarios y partidos inolvidables. Nadie recuerda las cláusulas que dieron forma al baseball de su época. Sin embargo, muchas de las reglas que hoy parecen naturales nacieron en una sala de negociación muy parecida a la que MLB y MLBPA ocupan actualmente.
Por eso cada convenio colectivo termina convirtiéndose en una herencia.
No para quienes lo firman. Para quienes lo reciben.
Tú y yo nunca estaremos sentados en esa mesa de negociación. Tampoco decidiremos cuánto debe ganar un pelotero, cuál debe ser el límite salarial o cuándo alguien merece alcanzar la agencia libre. Con el paso del tiempo, probablemente no recordemos qué parte cedió en una cláusula específica ni quién ganó una determinada discusión económica. Lo que sí recordaremos será el baseball que esas decisiones produjeron. Porque los aficionados no heredamos los debates, pero sí sus consecuencias.
Todo convenio colectivo es una carta escrita para una generación que todavía no sabe que será su destinataria y toda regla termina convirtiéndose en tradición para quienes nunca participaron en su creación.
Quizá por eso adquiere sentido la advertencia de Tony Clark, exdirector ejecutivo de la Asociación de Peloteros de las Grandes Ligas, cuando afirmó: "Un tope no trata sobre una asociación. Un tope no trata sobre hacer crecer el deporte."
Más allá de compartir o rechazar esa postura, la frase obliga a mirar la discusión desde otro lugar. Ya no se debate únicamente un mecanismo económico, sino una forma de entender el juego.
La historia demuestra que esa responsabilidad nunca ha sido un asunto menor. El convenio colectivo vigente evitó un paro laboral durante cinco temporadas, pero expira el 1 de diciembre de 2026. Si ambas partes no alcanzan un nuevo acuerdo antes de esa fecha, el baseball podría enfrentar su primer conflicto laboral desde el cierre patronal de 2021–22, una disputa de 99 días que retrasó el inicio de la temporada.
Antes de eso, la cicatriz más profunda fue la huelga de 1994–95, que se prolongó durante 232 días, canceló cerca de mil partidos y dejó al deporte sin Serie Mundial por primera vez en nueve décadas.
Cada convenio colectivo responde una pregunta que ninguna cláusula puede formular por sí sola: qué clase de baseball llegará a parecernos inevitable cuando hayamos olvidado quién escribió sus reglas.
El deporte que todavía no existe
El baseball del futuro comenzará a existir antes de que alguien juegue el primer partido.
Los propietarios, los dirigentes y los representantes sindicales negociarán este convenio colectivo durante los próximos meses. Sin embargo, muchos de sus efectos serán disfrutados —o padecidos— por peloteros que hoy continúan formándose en ligas menores, por niños que apenas descubren el baseball y por aficionados que, dentro de algunos años, considerarán naturales reglas que hoy todavía permanecen sobre la mesa de negociación.
Así sobreviven las instituciones capaces de perdurar.
Cada generación cree recibir un deporte terminado, cuando en realidad recibe el resultado de decisiones acumuladas durante décadas. Lo que hoy parece inseparable del baseball alguna vez fue una propuesta, una discusión y, finalmente, un acuerdo.
Por eso estas negociaciones trascienden el calendario de 2026. Decidirán las condiciones bajo las que comenzará la temporada de 2027 y delimitarán el marco competitivo, económico y deportivo que moldeará la manera en que el baseball será entendido por personas que todavía no saben que un día lo convertirán en parte de su vida.
Porque el futuro de un deporte nunca comienza con el primer lanzamiento. Empieza cuando alguien decide cuáles serán las reglas del juego.
El baseball que un niño aprenderá a amar dentro de veinte años todavía no existe.
Una tarde de primavera, a finales de marzo, su vida cambiará para siempre. Usando una gorra demasiado grande para su cabeza, el uniforme de su jugador favorito y la manopla que un día perteneció a su padre, entrará por primera vez al estadio.
Cruzará los torniquetes, atravesará los túneles y descenderá las escaleras hasta encontrar su asiento cerca de la primera base, donde las palabras Opening Day estarán pintadas sobre el pasto junto al dugout local.
Descubrirá por qué los adultos hablan del juego con esa mezcla de fascinación y devoción que solo provocan las cosas capaces de sobrevivir a varias generaciones.
Entonces aparecerá el diamante. Demasiado perfecto para haber sido construido por el ser humano.
El césped podado con precisión milimétrica, las líneas de cal inmaculadas y las bases dispuestas alrededor de la tierra rojiza y todavía húmeda. El sol de primavera iluminará el campo como si el estadio protegiera una versión en miniatura del mundo dentro de sus límites.
A su alrededor, miles de aficionados ocuparán sus asientos como si regresaran a un hogar que siempre los estuvo esperando.
El niño observará todo con la absoluta naturalidad de quien cree que siempre fue así.
Y no sabrá.
No sabrá qué fue el Impuesto de Equilibrio Competitivo. Nunca escuchará hablar de topes salariales, contratos diferidos o reuniones interminables entre propietarios y peloteros. Jamás leerá las actas de aquellas negociaciones ni recordará los nombres de quienes discutieron el futuro del deporte.
Y, aun así, todo cuanto lo emociona existirá gracias a ellos.
La forma en que ese equipo fue construido. El tiempo que una estrella permaneció en esa ciudad. El equilibrio de la competencia. Incluso la idea que ese niño formará sobre la justicia, la esperanza y la paciencia dentro de un diamante habrán nacido mucho antes de que sostuviera por primera vez un boleto entre las manos.
Así sobreviven los grandes acuerdos.
Desaparecen de la memoria de quienes los firmaron para convertirse en la realidad cotidiana de quienes nunca supieron que existieron.
El verdadero triunfo de una negociación nunca consiste en que todos recuerden quién la ganó. Radica en que, veinte años después, un niño pueda enamorarse del baseball creyendo que ese deporte siempre fue exactamente así.
¿Qué se negocia realmente cuando un deporte decide cambiar las reglas que lo sostienen?
No solo salarios, contratos o mecanismos de mercado. Tampoco únicamente la relación entre propietarios y jugadores. Lo que está en juego es algo más difícil de medir y más duradero: la forma en que el baseball elegirá entenderse a sí mismo durante las próximas décadas.
Las reglas económicas nunca permanecen encerradas en un documento. Con el paso del tiempo se convierten en incentivos, los incentivos moldean la competencia, la competencia construye tradiciones y las tradiciones terminan definiendo la manera en que un deporte es entendido por millones de personas.
Las cláusulas pertenecen al presente; sus consecuencias siempre llegan más allá.
Mientras propietarios y jugadores creen discutir las reglas de 2027, en realidad están escribiendo los recuerdos de alguien que todavía no sabe que el baseball también puede heredarse.
Ese es el verdadero alcance de esta negociación.
Ninguna decisión termina cuando se firma un convenio colectivo. Cada acuerdo influye en el equipo que un niño aprenderá a admirar, en la permanencia de una estrella en una ciudad, en el equilibrio de una temporada y en la idea de justicia que los aficionados asumiremos como parte natural del juego.
Quizá por eso los grandes convenios colectivos nunca se recuerdan por las concesiones que hicieron posibles, sino por el baseball que dejaron como legado.
Porque mucho antes de que el umpire grite ¡play ball!, alguien ya decidió el juego del que una generación entera está a punto de enamorarse.