El fútbol bajo reglas negociables

La FIFA revocó la sanción de Folarin Balogun tras la llamada de Donald Trump a Gianni Infantino

6 Jul 2026

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Autor G.D.G

5 minutos

Confiamos en las reglas.

Lo hacemos incluso cuando no nos favorecen. Aceptamos una sanción que consideramos excesiva, una decisión que nos perjudica o un resultado que nos deja inconformes porque existe una certeza capaz de volver tolerable cualquier frustración: la convicción de que la norma vale lo mismo para todos.

Las reglas no prometen victorias ni garantizan justicia perfecta; ofrecen algo todavía más importante. La confianza de que nadie recibirá un trato distinto por el cargo que ocupa, el poder que acumula o la influencia que puede ejercer una vez que el juego ha comenzado.

Esa confianza explica por qué obedecemos reglas que no siempre nos favorecen y por qué las excepciones despiertan una decepción difícil de ignorar.

Cada privilegio concedido fuera del reglamento no sólo modifica una decisión puntual. También erosiona la autoridad de la propia regla.

El deporte profesional vive de ese pacto invisible.

Cada expulsión, cada suspensión y cada resolución disciplinaria adquieren autoridad porque jugadores, entrenadores y aficionados aceptan someterse al mismo reglamento antes del silbatazo inicial. De ese acuerdo depende la validez de las victorias, la aceptación de las derrotas y, sobre todo, la credibilidad de la competencia.

Por eso la controversia que envuelve a la FIFA tras revocar la suspensión de Folarin Balogun, después de la intervención telefónica del presidente estadounidense Donald Trump ante Gianni Infantino, rebasa ampliamente el caso de un delantero o el resultado de un partido.

Hay decisiones que cambian una alineación. Otras alteran la confianza con la que volvemos a mirar el siguiente silbatazo.


Las reglas antes del poder

Las reglas ocupan un lugar extraño en el deporte.

Nadie compra un boleto para celebrar un reglamento, nunca reciben ovaciones ni ocupan las portadas del día siguiente. Los aficionados llegamos por los goles, las atajadas, las remontadas y las emociones que sólo el fútbol puede despertar.

Y, sin embargo, todo eso depende de algo mucho más discreto.

La confianza de que cada participante acepta someterse al mismo conjunto de normas sin importar su nacionalidad, prestigio o influencia.

Las reglas representan uno de los pocos acuerdos capaces de poner un límite al poder. Su importancia no radica únicamente en ordenar la competencia. También impide que la autoridad cambie de criterio según la persona que tiene enfrente.

Gracias a ellas, el resultado de un partido puede discutirse; la legitimidad de la competencia, en cambio, permanece intacta.

Por eso las sanciones automáticas poseen un significado que trasciende ampliamente el castigo.

Una tarjeta roja deja de pertenecer al árbitro en el instante en que el reglamento define sus consecuencias. A partir de ese momento, la decisión ya no responde a interpretaciones individuales ni preferencias personales y pasa a obedecer una norma aceptada por todos antes del silbatazo inicial.

Los árbitros pueden equivocarse. Las decisiones disciplinarias admiten debate. Incluso la tecnología puede fallar. La credibilidad del juego permanece mientras exista la convicción de que cualquier revisión responderá a los mismos criterios y que ninguna excepción abrirá un camino distinto reservado para unos cuantos.

Las reglas pierden autoridad el día que dejan de parecer obligatorias y comienzan a parecer negociables.

Con ellas también empieza a desaparecer la confianza que vuelve posible cualquier competencia. Desde ese momento, el fútbol deja de preguntarse qué dice el reglamento y empieza a cuestionarse para quién deja de aplicarse.


La FIFA respondió la llamada

Los hechos, por sí solos, resultan difíciles de ignorar.

Folarin Balogun recibió tarjeta roja directa frente a Bosnia y Herzegovina, una decisión que activó una suspensión automática de un partido.

Días después, Donald Trump reconoció haber llamado a Gianni Infantino para solicitar una revisión del caso. Posteriormente, la FIFA anuló la sanción y habilitó al delantero estadounidense para disputar el encuentro de eliminación directa contra Bélgica.

La decisión provocó críticas de la federación belga y cuestionamientos públicos sobre la integridad del proceso disciplinario.

El problema comenzó cuando esa secuencia dejó de entenderse como una suma de episodios aislados.

El fútbol vive tanto de sus reglamentos como de la confianza que esos reglamentos inspiran. Una regla aplicada de forma desigual erosiona más credibilidad que una regla imperfecta aplicada para todos por igual.

Ya no importaba exclusivamente si la expulsión había sido excesiva o si la revisión encontraba fundamentos suficientes. Lo delicado era saber que una sanción automática podía terminar rodeada por una influencia completamente ajena a la cancha.

Por eso resultó tan significativa la reacción del entrenador belga Rudi Garcia:

“La federación belga no se defiende a sí misma, no protege únicamente a la selección nacional. Defiende el fútbol en general. Defiende su integridad y su ética”.

Las palabras desplazaron el centro del debate. El perjudicado dejaba de ser una selección nacional; comenzaba a ser el propio fútbol.

Tú y yo aceptamos un gol controversial, un penal dudoso, o una expulsión discutible porque entendemos que forman parte de la incertidumbre del deporte, aunque nunca podremos influir en una decisión disciplinaria con una llamada telefónica.

Lo único que realmente nos une al fútbol es la confianza de creer que el reglamento vale exactamente lo mismo para cualquiera. Cuando esa confianza empieza a resquebrajarse, dejamos de discutir jugadas y empezamos a debatir privilegios.

Una suspensión termina después de un partido. La pérdida de credibilidad no.


El fútbol que ya no reconocemos

Los grandes deportes nunca se deterioran de golpe. Se transforman lentamente, con decisiones que parecen excepcionales hasta que comprueban no serlo.

La llamada telefónica no amenaza al fútbol por la suspensión que modificó. Lo amenaza porque dejó instalada la sospecha de que el reglamento también puede ceder cuando el espectáculo, el poder o la conveniencia lo consideran necesario.

El dinero, la política y el fútbol siempre han compartido el mismo escenario. Esa convivencia forma parte de la historia de cualquier Copa del Mundo. La diferencia aparece cuando esos intereses dejan de convivir con las reglas y empiezan a decidirlas.

En ese instante, el reglamento deja de ser el punto de partida y comienza a parecer una variable más de la negociación.

Quizá el daño más difícil de reparar nunca figure en un acta disciplinaria ni quede registrado en el marcador de un partido. Se instala en nuestra mirada de aficionados que, otra vez, dudamos de si el juego todavía pertenece a la cancha o si ya corresponde a quienes lo observan desde un palco, una oficina o un despacho.

Los grandes cambios casi nunca comienzan bajo los reflectores. Empiezan lejos del estadio, en lugares donde el balón jamás toca el suelo.

Un teléfono vibra con un zumbido sobre una superficie de caoba en un despacho de Washington. Una voz atraviesa continentes por cables invisibles. A miles de kilómetros de distancia, una oficina en Zúrich recibe el mensaje. Sobre una mesa descansan varios documentos. Una puerta se abre, vuelve a cerrarse y alguien toma una decisión sobre el destino de un futbolista que nunca entró en esa habitación.

Ninguno de esos despachos conoce el olor del césped recién mojado. Ninguno escucha el golpe hueco del balón al salir limpio de la parte interna del pie. Ninguno siente el silencio que antecede al silbatazo inicial.

Y, sin embargo, ahí también se decide el fútbol.

Mientras tanto, el sol cae sobre el entrenamiento de la selección estadounidense con ese tono dorado que sólo tienen las tardes mundialistas. Folarin Balogun se inclina para amarrarse las agujetas de sus botines. Un balón rueda unos metros más allá. Un compañero devuelve un pase. Todo parece indicar que el siguiente partido seguirá resolviéndose sobre la cancha.

Pero el recorrido decisivo ya no une únicamente el área, el mediocampo y la portería. También atraviesa escritorios, oficinas y teléfonos donde el balón nunca rueda.

Porque, igual que en la cancha de la escuela, del parque o del barrio, el dueño del balón siempre termina poniendo las reglas del juego.


¿Qué pierde realmente el fútbol cuando una llamada parece tener más peso que una regla?

Pierde aquello que ningún campeonato puede comprar y ningún patrocinador puede sustituir: la confianza de creer que el reglamento representa la máxima autoridad del juego.

Una regla deja de cumplir su propósito cuando necesita reconocer nombres antes de aplicarse. Su razón de existir consiste precisamente en lo contrario. Debe alcanzar al futbolista desconocido y a la superestrella con la misma indiferencia. Debe imponer una sanción sin preguntar el escudo que defienda, la influencia que lo respalde o el apellido estampado en la espalda del uniforme.

El fútbol siempre necesitó un balón, dos porterías y un reglamento. Todo lo demás llegó después.

El dinero amplificó su alcance, la política descubrió su capacidad de influencia y el negocio encontró en él un escenario inigualable. Ninguna de esas fuerzas amenaza al deporte mientras el reglamento conserve la última palabra.

Los partidos deberían seguir ganándose sobre el rectángulo verde, con el balón en los pies y el reglamento como única autoridad. Porque cuando el teléfono empieza a decidir lo que debería resolver el silbato, el fútbol deja de competir contra otro equipo.

Empieza a perder aquello que lo hizo digno de ser creído.

Cruda deportiva

Si fueras un integrante del Comité Disciplinario de la FIFA y tuvieras que explicar a millones de aficionados por qué la suspensión de Folarin Balogun fue revocada después de la llamada entre Donald Trump y Gianni Infantino, ¿cómo defenderías que el reglamento sigue siendo la máxima autoridad del fútbol?

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