Rafael Márquez para creer en 2030

La Federación Mexicana confirma al nuevo técnico del Tri para dar continuidad al proyecto

9 Jul 2026

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Autor G.D.G

5 minutos

Volvemos a empezar.

Lo hacemos con una facilidad que pocas veces cuestionamos. Cambiamos de rumbo cuando los resultados tardan en llegar, buscamos respuestas nuevas frente a la primera decepción y confundimos el movimiento con el progreso. Esperar exige una forma distinta de confianza, porque implica aceptar que las decisiones importantes necesitan tiempo antes de revelar si realmente valían la pena.

Por eso las decisiones más maduras suelen ser también las menos espectaculares.

Avanzan sin estridencias. Se limitan a preservar una dirección cuando todavía nadie puede garantizar el destino.

El fútbol conoce bien esa disyuntiva.

Pocas actividades están tan condicionadas por la urgencia. Una derrota modifica opiniones, un torneo altera planes y un resultado adverso basta para despertar el deseo de comenzar otra vez.

En ese entorno, la continuidad suele exigir más convicción que el cambio.

Quizá por eso el nombramiento de Rafael Márquez como nuevo director técnico de la Selección Mexicana posee un significado que rebasa ampliamente el relevo de Javier Aguirre al frente del Tri. La Federación Mexicana confirmó al excapitán como responsable del ciclo mundialista rumbo a 2030, dando continuidad a una sucesión prevista desde su incorporación al cuerpo técnico nacional en 2024.

La noticia parece anunciar un nuevo entrenador. En realidad, habla de la capacidad de respetar un proyecto antes de exigirle resultados.


La paciencia también se entrena

La paciencia suele confundirse con resignación. Pocas decisiones exigen tanta disciplina como permanecer fiel a un proyecto cuando los resultados todavía no justifican esa confianza.

Cambiar transmite la sensación de que algo se está haciendo; permanecer obliga a convivir con la incertidumbre y aceptar que las decisiones importantes necesitan tiempo antes de revelar su verdadero valor. Resulta más sencillo anunciar un nuevo comienzo que defender un camino cuando el tiempo todavía no ha tenido oportunidad de demostrar que la elección fue la correcta.

Las instituciones también forman hábitos. Y pocas costumbres resultan tan difíciles de abandonar como la de creer que toda decepción exige empezar de nuevo.

El fútbol mexicano conoce bien ese impulso.

Con frecuencia responde a cada desilusión como si el problema siempre empezara en el banquillo. Cada ciclo mundialista traía consigo un nuevo entrenador, nuevas promesas y una nueva ilusión de que el siguiente comienzo resolvería aquello que el anterior no alcanzó a construir. La urgencia ocupaba el centro de la conversación; la continuidad quedaba relegada a una aspiración secundaria.

Las selecciones que consiguen forjar una identidad reconocible suelen recorrer un camino distinto.

Comprenden que la continuidad también exige aprendizaje, memoria y la convicción de corregir sin renunciar a la dirección elegida.

Por eso el nombramiento de Rafael Márquez adquiere una relevancia especial.

La Federación Mexicana de Futbol decidió dar seguimiento a una sucesión preparada con anticipación. Desde su incorporación al cuerpo técnico encabezado por Javier Aguirre en 2024, el proyecto contemplaba que asumiera la dirección de la Selección una vez concluido el Mundial de 2026.

La continuidad no ofrece garantías. Ningún proyecto serio puede hacerlo. Lo que sí ofrece es la posibilidad de construir aprendizaje acumulado, memoria compartida y una identidad capaz de atravesar también los momentos difíciles.

Tal vez ésa sea la señal más esperanzadora de esta nueva etapa.

No porque Rafael Márquez asegure el éxito, sino porque el fútbol mexicano parece haber comprendido que el tiempo también forma parte del entrenamiento de una selección.


La identidad que busca México

Las identidades futbolísticas rara vez nacen de un discurso.

Se forman a través de la repetición; de hábitos que sobreviven a los resultados, de principios que permanecen cuando cambian los nombres y de una dirección reconocible incluso en los momentos de duda. Una selección descubre quién es cuando aprende a darle continuidad a una misma idea.

El fútbol mexicano ha recorrido, casi siempre, el camino contrario.

Desde 2010 y sin considerar a los directores técnicos interinos, la Selección Mexicana pasó por Javier Aguirre, José Manuel de la Torre, Miguel Herrera, Juan Carlos Osorio, Gerardo Martino, Diego Cocca, Jaime Lozano, nuevamente Javier Aguirre y ahora Rafael Márquez.

Más que una sucesión de entrenadores, la lista retrata la dificultad de respetar una misma idea el tiempo suficiente para descubrir hasta dónde podía llegar.

Cada designación llegó acompañada por una promesa distinta. Cambiaron los sistemas, los discursos y las convocatorias, pero permaneció la expectativa de que un entrenador resolviera problemas que el fútbol mexicano llevaba demasiado tiempo sin encauzar.

Tú y yo conocemos bien ese entusiasmo. Vemos la presentación, imaginamos una alineación distinta y volvemos a creer. También sabemos lo rápido que esa ilusión se desgasta con la primera convocatoria discutida o la primera derrota.

Por eso resultaron significativas las primeras palabras de Rafael Márquez como director técnico de la Selección Mexicana:

“El objetivo es tratar de mantener o mejorar la Selección hoy en día. Hay una buena base y un trabajo hecho durante la etapa pasada. Hay que tratar de llegar lo más lejos posible y mejorar el futbol mexicano”.

La fuerza de esa declaración reside en aquello que evita. No anuncia una revolución ni presenta el pasado como un fracaso que deba olvidarse. Reconoce una base, un trabajo previo y una dirección que merece continuar.

Un nuevo rostro en el banquillo puede alterar el presente; una idea respetada el tiempo suficiente puede transformar el futuro de una selección.

Tal vez ésa sea la oportunidad que el fútbol mexicano llevaba demasiado tiempo esperando. Comprender que los proyectos también necesitan tiempo para parecerse a aquello que prometen.


El futuro que empieza hoy

Las selecciones también heredan maneras de entender el fútbol.

Una metodología compartida, una identidad reconocible y una generación de futbolistas formados bajo las mismas convicciones difícilmente surgen en una concentración o en un torneo. Son el resultado de años de trabajo y decisiones capaces de sobrevivir al entusiasmo del momento.

Por eso el desafío de Rafael Márquez empieza mucho antes del próximo partido. Comienza en los entrenamientos, en las conversaciones que nadie escucha, en las correcciones que no aparecen en los resúmenes y en la convicción de que una idea merece el tiempo suficiente para convertirse en identidad.

Hay decisiones que sólo existen en un comunicado. Otras empiezan a adquirir sentido cuando alguien cruza por primera vez la puerta del vestidor.

La puerta automática se abre con un susurro apenas perceptible y Rafael Márquez traviesa el umbral del Centro de Alto Rendimiento. A esa hora todavía hay utileros acomodando balones, jardineros repasando las líneas blancas de cal y un aroma a césped recién cortado que parece suspendido sobre la cancha.

El edificio permanece igual. Lo distinto es el lugar que ahora ocupa quien camina por sus pasillos.

Alguna vez llegó como un joven defensor que soñaba con vestir la camiseta de la Selección Mexicana. Más tarde volvió convertido en capitán, llevando sobre los hombros una responsabilidad reservada para muy pocos. Después regresó como auxiliar de Javier Aguirre para aprender el oficio desde otra perspectiva.

Ahora recorre el mismo pasillo sin seguir los pasos de nadie. Es él quien debe abrir camino.

Las fotografías que cubren las paredes contemplan en silencio el relevo de una generación a otra. Los rostros cambian; el escudo permanece.

Tal vez así también se construyen las identidades. Cuando una institución consigue que sus símbolos sobrevivan a quienes los representan.

Al salir hacia la cancha, Rafael Márquez encuentra a varios jóvenes dominando un balón con la naturalidad de quien todavía no imagina todo lo que esa camiseta llegará a exigirle. Ninguno sabe que el legado de un entrenador empieza mucho antes del primer silbatazo. Comienza cuando decide qué enseñar, qué corregir y qué valores merecen sobrevivirle.

Los triunfos pertenecen a una generación. Las ideas continúan defendiendo el mismo escudo mucho después de que quienes las sembraron hayan abandonado la cancha.


¿Qué significa realmente darle continuidad a una idea en un fútbol acostumbrado a empezar de nuevo?

Significa aceptar que el futuro de una selección no depende únicamente del nombre de quien ocupa el banquillo, sino de la capacidad institucional para permitir que una convicción madure, se corrija y sobreviva a los resultados.

El nombramiento de Rafael Márquez representa la posibilidad de que el fútbol mexicano aprenda a respetar la continuidad como la única forma de construir una identidad perdurable.

Los entrenadores pasan, los futbolistas se retiran y los Mundiales terminan. Las grandes selecciones son las que consiguen que una idea siga jugando mucho después de que quienes la imaginaron se retiraron del fútbol.

Cruda deportiva

Si fueras Rafael Márquez el día que asumiste la dirección técnica de la Selección Mexicana, ¿cómo convencerías a un país acostumbrado a empezar de nuevo de que la continuidad también puede ser una forma de progreso?

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