Los Ángeles Dodgers y el modelo que desafía a la MLB
La estrategia de diferimiento de los Dodgers cuestiona la equidad competitiva del baseball
16 Ene 2026
Juzgamos con facilidad lo que no terminamos de entender.
Simplificamos lo complejo, reducimos todo a una sola causa y encontramos culpables antes de formular preguntas. Cuando un equipo gana demasiado y durante mucho tiempo, asumimos que el dinero lo explica todo, como si el éxito fuera una consecuencia automática.
En la MLB, el dinero compra talento, profundidad y margen de error. Nunca ha garantizado campeonatos. Y, aun así, cada temporada señalamos al mismo responsable: Los Ángeles Dodgers.
Porque resulta más cómodo explicar el éxito que detenerse a comprenderlo.
El mito del anillo comprado
En el baseball, el dinero no compra títulos ni asegura la felicidad deportiva. Compra oportunidades, relevancia sostenida y la posibilidad de competir año tras año. El trofeo, en cambio, carece de precio. Su valor es intrínseco y, por definición, inalcanzable para cualquier chequera.
Ni siquiera los Dodgers —que cada invierno incorporan talento de élite— pueden controlar lo que ocurre en octubre. El dinero no elimina la incertidumbre; apenas la reduce. Ninguna inversión garantiza ganar una serie de postemporada ni cerrar un juego apretado en la novena entrada. Este deporte se resiste al control absoluto, y ahí radica buena parte de su atractivo.
Tú y yo recordamos aquel séptimo juego de la última Serie Mundial. Los Dodgers estuvieron a dos outs de la derrota y de cargar con la etiqueta de fracaso. Esa frontera mínima entre el éxito y la caída es precisamente lo que el dinero no puede comprar.
La reciente firma del jardinero derecho Kyle Tucker por $240 millones de dólares y cuatro años reactivó el debate. Se les acusa de sentenciar el campeonato antes del Opening Day. Pero al incorporarlo, la organización hizo lo que cualquier franquicia ambiciosa debería hacer: ofrecerle a su afición razones para creer.
La diferencia en el Dodger Stadium no radica únicamente en el tamaño del presupuesto, sino en la claridad del proyecto. El dinero es una herramienta, no una explicación.
El dinero como herramienta competitiva
Reducir el modelo de los Dodgers a la idea de “gastar por gastar” es una simplificación. La filosofía impulsada por su presidente, Andrew Friedman, responde a una lógica más cercana a la ingeniería financiera que al derroche.
El eje de esa estrategia es el diferimiento de contratos. El caso más emblemático es el de Shohei Ohtani. De los $700 millones de dólares de su acuerdo, solo una parte se paga durante la vigencia activa del contrato; el resto se traslada al futuro.
El efecto es doble. Por un lado, reduce la carga inmediata sobre la nómina y el impuesto de lujo. Por otro, desplaza el pago a un momento en el que el valor real del dinero será menor. Se trata de una estructura agresiva, sí, pero cuidadosamente diseñada.
Actualmente, la franquicia acumula compromisos diferidos por alrededor de $1,064 millones de dólares, extendidos hasta 2047. Más que una apuesta temeraria, es una declaración de confianza en su propia capacidad para generar ingresos sostenidos a largo plazo.
Los Dodgers están apostando a que su marca global seguirá creciendo. A que su modelo deportivo, comercial y mediático será lo suficientemente sólido para absorber ese compromiso futuro.
La comodidad de no competir
Los Dodgers no están arruinando al baseball. En cierta medida, lo están sosteniendo. Quienes lo perjudican son las organizaciones que, aun con recursos disponibles, optan por no competir, por administrar la temporada y por limitar sus aspiraciones a la viabilidad financiera.
Esa falta de ambición enfría rivalidades, aleja audiencias y debilita la credibilidad del espectáculo.
La MLB cuenta con mecanismos diseñados para equilibrar la liga, como el impuesto de lujo y el reparto de utilidades. En teoría, buscan reducir las brechas. En la práctica, han permitido que algunas franquicias operen con estándares mínimos sin comprometer su estabilidad económica. La mediocridad, bajo esas circunstancias, se vuelve un modelo de negocio rentable.
Los casos son conocidos. Los Oakland Athletics, con una nómina cercana a los $60 millones de dólares mientras su propietario explora un estadio subsidiado en Las Vegas; los Pittsburgh Pirates, beneficiarios del reparto de ingresos sin una reinversión sostenida en el campo; los Tampa Bay Rays, ejemplares en el desarrollo de talento, pero obligados a desprenderse de él cuando llega el momento de pagar; y los Miami Marlins, cuya desconexión con su mercado se refleja en tribunas vacías.
Ese es el problema de fondo. No el exceso de ambición, sino su ausencia.
En contraste, la propiedad de los Dodgers ha optado por un camino distinto. Su objetivo principal es deportivo: competir por el campeonato cada temporada. Su activo más valioso no es el dividendo. Es el anillo de campeón.
El verdadero problema de la MLB
Un tope salarial, por sí solo, no resolvería esta distorsión. Incluso podría institucionalizar la mediocridad si únicamente limita a quienes desean invertir más.
Hoy, la MLB penaliza el exceso, pero no sanciona la falta de ambición competitiva. La alternativa más razonable pasa por un sistema combinado de tope y piso salarial: un modelo que limite las diferencias, pero que también obligue a una inversión mínima que comprometa a las treinta franquicias a competir con seriedad.
No se trata de castigar el éxito. Se trata de proteger la esencia competitiva del deporte.
Otras ligas ya entendieron esa lógica. El baseball, en cambio, sigue discutiéndola.
¿Qué es lo que realmente incomoda de los Dodgers, su dinero o su ambición por ganar?
Dinero y ambición suelen confundirse con una fórmula automática de éxito. No lo son. Ninguno garantiza resultados. Confundir ambas cosas es, en el fondo, no entender el juego.
El baseball necesita que el resto de la liga compita con la misma determinación que los Dodgers. Si esa ambición resulta difícil de entender, quizá el problema no está en Los Ángeles, sino en una estructura que ha tolerado, durante demasiado tiempo, que intentar ganar parezca excesivo.
Porque cuando competir deja de ser una exigencia compartida, el deporte deja de medirse por lo que ocurre en el diamante. Y empieza a definirse por lo que algunos decidieron no hacer.