Vinícius Jr. y el racismo dentro del fútbol

El caso entre Benfica y Real Madrid desplazó el racismo de la grada hacia el césped

17 Feb 2026

G

Autor G.D.G

5 minutos

Podemos simpatizar o no con Vinícius Jr.

Cuestionamos su estilo de juego, su manera de competir o la forma de relacionarse con la grada. Forma parte del fútbol moderno y de la percepción que cada uno de nosotros construye alrededor de los jugadores.

Existen, sin embargo, situaciones capaces de desplazar cualquier lectura deportiva.

Porque el partido entre Benfica y Real Madrid dejó de tratarse de fútbol mucho antes del silbatazo final.

Durante el encuentro de la UEFA Champions League, el delantero brasileño fue objeto de un acto de carácter racial atribuido a Gianluca Prestianni. A partir de ese instante, la conversación dejó de girar en torno al resultado, el rendimiento táctico o las posibilidades de clasificación.

Entró en otro territorio.

Uno mucho más vergonzoso para el propio fútbol.

Porque el racismo dentro del fútbol europeo nunca fue invisible. Los antecedentes quedaron registrados en fotografías, videos y sanciones disciplinarias repartidas por distintos países. El plátano lanzado a Dani Alves en 2014. Los insultos en Mestalla contra el propio Vinícius en 2023. Episodios donde la agresión descendía desde las tribunas hacia el jugador protegido parcialmente por la distancia y el anonimato colectivo.

Lo sucedido en Lisboa alteró esa dinámica.

Ya no era un aficionado escondido entre miles de personas.

Era un futbolista compartiendo el mismo espacio competitivo con otro colega profesional.

Y quizá ahí habite la dimensión más perturbadora del incidente.

Descubrir que el racismo ya no necesita esconderse cobardemente en la grada para seguir formando parte del deporte.


De la grada al césped

El fútbol siempre ha convivido con distintas formas de hostilidad.

Los insultos forman parte del paisaje emocional del deporte. La provocación psicológica, los reclamos arbitrales, las discusiones entre futbolistas y la confrontación verbal existen desde que se fabricó el primer balón y se colocaron dos porterías. Mucho antes de las transmisiones en alta definición o las campañas institucionales contra la discriminación.

Pero incluso dentro de ese universo existen límites reconocibles.

La rivalidad deportiva admite humillación competitiva. El racismo pertenece a otro lugar.

Y eso modifica completamente la lectura del conflicto.

Porque el problema ya no puede ubicarse únicamente fuera del campo, lejos de los protagonistas y protegido por el anonimato de la multitud. Durante mucho tiempo, el fútbol europeo encontró comodidad en esa distancia; podía señalar hacia las tribunas y asumir que la degradación moral pertenecía exclusivamente a quienes observaban el partido, adjudicándose el papel de víctima colateral de una intolerancia externa que se colaba por las puertas del estadio.

Ahora ocurre entre jugadores separados apenas por centímetros; profesionales que comparten vestidor, túneles, protocolos y una convivencia cotidiana construida alrededor del mismo oficio.

El futbolista aprende desde joven a convivir con los insultos de la tribuna. Lo que ningún profesional debería normalizar es entrar al campo sabiendo que el color de su piel todavía puede funcionar como herramienta de agresión incluso dentro del espacio compartido con otros colegas.

Por eso el caso de Vinícius produce una sensación distinta.

Porque rompe el cómodo pretexto que durante mucho tiempo permitió interpretar el racismo como un problema externo al fútbol profesional.

Ahora el conflicto vive dentro del juego.

Es el debut oficial del racismo consciente dentro del propio fútbol.


El gesto que delata

No existe un registro completamente claro de la palabra exacta. Pero el lenguaje dentro del fútbol jamás depende únicamente de lo que alcanzamos a escuchar.

También vive en los gestos.

Las imágenes muestran a Gianluca Prestianni cubriéndose la boca con la camiseta mientras se dirige hacia Vinícius Jr. Es un movimiento breve, casi automático, utilizado constantemente por futbolistas conscientes de que las cámaras capturan absolutamente todo lo que sucede alrededor del partido.

Ese detalle altera incuestionablemente la percepción del incidente.

Porque sugiere conciencia. Conocimiento del significado de las palabras pronunciadas y de las consecuencias posteriores. Es, en sí mismo, una admisión implícita de culpabilidad.

Nadie se cubre la boca para felicitar al rival por una buena jugada.

Mientras tanto, Benfica eligió una línea institucional basada en la ambigüedad. La posibilidad de un malentendido surgió rápidamente como explicación inicial, una respuesta que deja más preguntas que certezas cuando las imágenes ya recorren el mundo.

Kylian Mbappé ofreció una versión más directa.

“Escuché ‘mono’ cinco veces… No hay duda de lo que dijo.”

La diferencia entre ambas lecturas expone uno de los mecanismos más frecuentes alrededor de este tipo de situaciones: desplazar la conversación hacia interpretaciones secundarias mientras el acto principal comienza a diluirse entre matices, declaraciones institucionales y debates semánticos.

José Mourinho alimentó todavía más esa desviación al sugerir que las celebraciones de Vinícius pudieron influir en el desarrollo de la situación.

Y ahí el debate entra en un terreno más delicado.

Porque el comportamiento competitivo de Vinícius puede resultarnos provocador, arrogante o irritante a muchos aficionados. Forma parte de su personalidad futbolística. Se burla, desafía y disfruta emocionalmente el conflicto deportivo.

Nada de ello justifica una agresión racial.

En el mismo partido, tuvo un roce con Nicolás Otamendi. Hubo palabras, empujones, provocaciones y respuestas. El brasileño se cubrió la boca para decirle algo al defensor argentino. Otamendi respondió señalando el tatuaje del campeonato mundial obtenido en Qatar 2022.

Eso pertenece al lenguaje cotidiano del fútbol.

Ese es el límite.

La confrontación deportiva admite orgullo, provocación y rivalidad emocional. El racismo destruye cualquier equivalencia posible porque deja de atacar al futbolista para degradar directamente a la persona.


Los límites del protocolo

El árbitro François Letexier activó el protocolo establecido por FIFA.

El partido se detuvo once minutos.

En teoría, el procedimiento contempla tres niveles: interrupción temporal, suspensión definitiva y abandono del encuentro. En la práctica, la inmensa mayoría de los casos no supera la primera fase. El juego se reanuda, las cámaras vuelven a enfocarse en el balón y el espectáculo continúa avanzando dentro de parámetros relativamente normales.

Ahí emerge otra pregunta incómoda para el fútbol europeo. ¿Qué tanto miedo existe realmente a alterar el desarrollo del negocio?

Porque las sanciones posteriores suelen terminar reducidas a multas económicas, investigaciones disciplinarias o suspensiones discutibles. Consecuencias reglamentarias que pocas veces producen un impacto proporcional a la gravedad del acto.

El fútbol europeo lleva años llenando estadios con mensajes, brazaletes institucionales y campañas contra la discriminación. Los protocolos adquieren significado únicamente cuando alguien está dispuesto a aplicarlos de verdad y no en la elegancia de sus comunicados de prensa en Suiza.

Otra vez Vinícius Jr. ocupa el centro de la polémica.

Otra vez él.

Cada caso reciente de racismo dentro del fútbol europeo parece encontrarlo como objetivo recurrente.

Y tú y yo sabemos que esa repetición ya dejó de parecer casualidad.

Existe algo agotador en observar cómo el mismo futbolista continúa acumulando experiencias similares dentro de escenarios distintos mientras buena parte de la conversación pública sigue buscando explicaciones periféricas capaces de suavizar el núcleo del conflicto.

Resulta más difícil enfrentar aquello que nace dentro del propio campo y compromete directamente la convivencia entre profesionales.

Porque aceptar esa realidad obliga al fútbol a reconocerse a sí mismo dentro del problema.

Y ahí vive la parte más dolorosa de los casos de racismo.

Saber que el deporte que presume representar valores universales todavía batalla para proteger plenamente la dignidad más básica de quienes lo juegan.

Miramos el césped como quien busca un refugio frente a las complejidades del mundo exterior. Queremos creer que aún sobrevive algo puro en un balón que rueda sobre el rectángulo verde, bajo los cánticos de la tribuna, el tapiz de las bufandas y el oleaje de las banderas; la mínima esperanza de escapar, aunque sea durante noventa minutos, del desorden social y moral que degrada la convivencia humana fuera de la cancha.

En el fútbol las reglas parecen claras, el tiempo está acotado y el conflicto adopta una forma visible: once contra once, un balón, dos porterías y la posibilidad de que el esfuerzo todavía encuentre recompensa. En ese espacio reducido se condensa todo aquello que aún nos conmueve, desde la belleza inesperada y el error irreparable hasta la épica compartida, la lealtad a un escudo y la sensación de pertenecer a algo más grande que uno mismo.

Pero sabemos que ese refugio es imperfecto, que esa pureza nunca ha existido del todo. La cancha no está aislada del mundo y arrastra consigo su violencia —física y verbal—, sus resentimientos, sus prejuicios y esa degradación humana que termina por deformar incluso lo más sagrado del deporte.

Y, sin embargo, volvemos una y otra vez porque anhelamos la inocencia de olvidar, por un instante, el desahucio cotidiano que nos espera al cruzar los torniquetes del estadio. Persistimos en esa necedad humana de buscar una tregua frente a la realidad y de habitar un lugar donde las únicas desgracias posibles se midan en goles en contra o en un remate que se estrella en el travesaño en tiempo de compensación.

Tal vez el fútbol no nos salve del mundo exterior; quizá apenas nos devuelve, por momentos, una versión más nítida de lo que somos, de lo mejor que podríamos ser y de aquello que jamás deberíamos tolerar.

Por eso duele tanto cuando el racismo irrumpe en medio del partido. Porque no sólo agrede a un jugador, también profana el refugio al que millones acudimos para sentirnos, aunque sea por un par de horas, menos solos.

Mientras las sanciones económicas se redactan discretamente en oficinas corporativas y las campañas institucionales prometen nuevamente combatir la discriminación, el balón seguirá parchado recorriendo los estadios de Europa arrastrando una vergüenza imposible de esconder, incluso detrás de una camiseta levantada apresuradamente sobre la boca.


¿El problema del racismo en el fútbol europeo es la agresión, o la manera en que el sistema aprende a convivir con ella?

La FIFA, UEFA y las grandes ligas continentales han construido discursos públicos claros contra la discriminación. Protocolos visibles, campañas permanentes y mensajes institucionales ocupan constantemente las pantallas del fútbol moderno.

Pero los discursos adquieren verdadero significado únicamente cuando el sistema necesita reaccionar frente a situaciones concretas.

Lo ocurrido entre Benfica y Real Madrid expuso algo más profundo que un simple incidente disciplinario.

Exhibió la fragilidad moral de un deporte que todavía busca refugio en interpretaciones ambiguas mientras intenta decidir hasta dónde está dispuesto a proteger realmente a quienes le dan sentido.  

Porque el racismo dejó de permanecer exclusivamente escondido en las tribunas. Ahora también vive dentro de la cancha.

Y mientras continúe encontrando espacio entre silencios estratégicos, explicaciones circunstanciales y sanciones insuficientes, el fútbol seguirá descubriendo que el deterioro ya no pertenece únicamente a quienes observan el partido desde la grada.

También habita dentro del deporte que pretende combatirlo.

Cruda deportiva

Si fueras Vinícius Jr., ¿seguirías compitiendo dentro de un sistema que duda en protegerte o exigirías consecuencias reales, incluso si eso implica abandonar el partido?

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